«¿Los artistas son terroristas frustrados o los terroristas, artistas frustrados? ¿O son ambos los santos y héroes de nuestro tiempo? ¿O simplemente sus iconos?
La generación del sesenta y ocho no consiguió hacer historia, solamente historietas. Estas hacen gracia o derraman sangre, pero carecen de ejemplaridad y constituyen, en cualquier caso, un género menor»
El verdadero asunto del libro es el terrorismo del lenguaje. No va de bombas, sino de la violencia de la transparencia absoluta: cuando un autor (Rousseau, Dostoievski, Strindberg) pretende expresar su interioridad de forma directa, sin mediaciones, sin retórica, sin que el lenguaje la enturbie, cae en la trampa. La huida de la retórica conduce a una nueva retórica —la del Terror—. Un mecanismo que, aplicado al discurso político, produce el régimen del Terror en la Revolución francesa y sus remakes contemporáneos. La lógica es la misma: pureza total, autenticidad radical, eliminación de todo lo que «contamina». El terror lingüístico es el primer paso.
En este libro, Perniola piensa la década del setenta desde dentro, desde la experiencia vivida, sin disimular que esa experiencia fue caótica, cómica, a veces ignominiosa. Y lo hace concentrando todas las peculiaridades de su estilo inigualable. Por supuesto, no se presenta como héroe intelectual, sino como Lumpenintelligentsia, un «intelectual de segunda» que miraba la revolución desde los márgenes.
